Capitulo I
—Nos vemos, cariño —dijo dándole un abrazo, su pequeña hija extendió sus brazos. Él suspiró de ternura—. Como me olvidaría de ti —la estrechó con fuerza. «Después del trabajo al fin podré pasar más tiempo con ellas». Dio media vuelta, y se ajustó la corbata «¡Detenlas!», a la vez que su familia cruzaba el paso de cebra.
El impacto llegó a sus tímpanos en una abrir y cerrar de ojos al igual que los gritos de conmoción. Volteó. La sangre… el rostro de terror de su amada y el pequeño brazo de su hija inundaron sus pupilas.
Despertó súbitamente mientras intentaba agarrar la nada que estaba a su lado. «Todas las noches lo mismo…». Decidió levantarse, pasó al lado de un cuadro familiar antes de abrir la puerta. Caminó por el pasillo, ignorando sus dos diplomas pegados a la pared, hasta que se detuvo a mirar la puerta: una gruesa reja y un candado resguardaban su pasado, su vida antes de que su esposa e hija se las llevaran.
—Pronto… —dijo con sus ojeras enrojecidas— esto acabará —sacó una llave de su bolsillo e hizo “clic” con el candado.
Capitulo II
«¿Por qué no hay nada?». Caminaba por el parque, reviviendo meras memorias pasadas. Una anciana estaba alimentando palomas, y se fijó en su desganado andar.
—¿Está bien caballero?
—No —dijo con la voz apagada—. Nada está bien —al ver su rostro, Henry supo que ella lograba ver a través de él.
—A veces es bueno olvidar las cosas. ¿Le gustaría alimentarlas? —negó con la cabeza.
—Debo arreglarlo.
—Entonces espero que sepa lo que hace —lanzó unas migas a las palomas—: muchas formas de “arreglarlo” son malas. Cuídese señor.
Continuó su camino. «No queda pan en casa», salió a la calle. Los autos tocaban las bocinas, había bastante tráfico. Bajó la cabeza, era difícil resistir el impulso, quería erguirse, quería mirarlo para recordarse que debía estar trabajando, que debía terminar la maquina. Lo hizo en medio de la calle. En su corazón, aquel cristal cortó más profundo aún: el auto aplastaba a su mujer e hija contra el semáforo. Con cada latido, revivía el dolor.
De un auto sonó el claxon.
—¡Avanza fracasado! —Henry meneó la cabeza. Corrió.
—No sabes nada —murmuró para sí. Aún viendo aquel profundo dolor.
Con la bolsa de pan, llegó a su hogar.
—Henry Wilson —dijo la rasposa voz de un anciano, al frente de su casa—, Doctor en Física y Mecánica.
—¿Qué quieres?
—¿Me invitas a entrar? —roncamente habló— Vengo a hablar de negocios.
—No, gracias. Tengo que trabajar —pasó a un lado y sacó la llave de la casa—. Adiós.
—Has de estar atascado en tu trabajo —las gotas de sudor que germinaron en la sien de Henry comenzaron a caer—, sé cómo solucionarlo —Henry retuvo la manilla durante unos segundos, sin responder.
—Pasa —abrió la puerta. Ambos fueron a la cocina.
—Cierra todas las ventanas —le susurró al oído. «¿Debo confiar?», miró un cuadro sobre la mesa, las dos personas más importantes de su vida le abrazaban. Cerró las ventanas y cortinas.
—¿Cómo lo soluciono?
—Verás —sacó un cigarro y lo encendió— hay muchas cosas que no ves, muchas cosas inexplicables —se lo llevó a la boca—, “anomalías”, así las llamamos. Mi trabajo es… —se oía apagada su voz—era crear herramientas y servicios con ellas —«¿inexplicables? ¿”anomalías”? ¿A qué se refiere?».
—Ve directo al grano —le ofreció el cigarro y él lo aceptó, fumó.
—Tu familia sufrió un trágico accidente hace treinta años —el cristal se adentró más—, y estudiaste mecánica y física semanas después. Siempre con un perfil bajo, a pesar de tus excelentes resultados —volteó a ver la puerta reforzada. A Henry se le resbaló el cigarro de los dedos—. Veo que allá está tu “secretito”.
—¿Cómo…? —Henry acercó su mano, sigiloso, a los cuchillos.
—No importa cómo lo sé —sacó otro cigarrillo— sino el “para qué”. Muéstrame tu máquina, y te ayudaré a terminarla —Henry le miraba atónito.
—¿Por qué lo haces? —agarró un cuchillo.
—Porque sé muy bien por lo que estás pasando —la melancolía en el anciano le hizo soltar su arma. El viejo sacó una tarjeta de su bata negra—. Llámame si aceptas mi propuesta, después, te diré mis condiciones —se levantó, miró la puerta del sótano durante tres segundos, y salió de la casa. Su tarjeta de contacto carecía de nombre, solo era un número sobre un fondo gris con vestigios de un logo, y en una esquina: “Prometheus Laboratories”.
Capitulo III
—Tres meses… —Henry veía la tarjeta— cero resultados en tres meses…. —agarró su teléfono, marcó el susodicho numero. Sin respuesta—. Debí esperarlo.
«No hay nada que pueda usar…».
Se levantó, y salió al campus con las manos en los bolsillos. Era un día soleado, dos personas comían helado en una cafetería; recordó cuando gozaba esos momentos con su familia, una pequeña sonrisa afloró en su rostro. Estaba agotado, cansado; quería descansar, pero todo desapareció cuando recordó que debía revivir esos momentos otra vez, no podía pensar en otra cosa que no sea estar con ellas una vez más. Su felicidad se había marchitado. «¿Por qué se fueron?» «ya da igual, puedo volver con ellas, sé que puedo, aunque me tome más años lo lograré, solo necesito esa materia…».
Su celular sonó, era el anciano. Respondió, pero él le cortó. «Vaya estafa me comí» «pero si es así, ¿por qué sabría tanto de mí?». Minutos después, regresó al Laboratorio, debía seguir buscando esa materia “exótica” que necesitaba.
Luego de una exhausta jornada laboral, regresó a su casa con la cabeza gacha. Allí se encontraba el anciano.
—Buenos días —dijo el extraño con una maleta gris en mano—, veo que cambiaste de opinión.
—Vamos adentro.
—No has dormido nada bien, tampoco he podido desde que lo perdí todo.
—¿Lo perdiste…? —vio su mismo cristal incrustado en él.
—Todo —el anciano miró el suelo. Llegaron a la cocina, observaba como Henry cerraba las ventanas y las tapaba—. Mi condición es que pueda usar tu maquina.
—¿Sabes si quiera lo que es?
—Tus estudios sobre la Teoría de Tipler y mecánica, sumado a la pérdida de tu vida —supo que el viejo era como él, o que él mismo era como el anciano—, deduzco que viajar al pasado es tu objetivo —Henry tardó varios segundos en procesarlo.
—No he hallado nada que pueda curvar fácilmente el espacio-tiempo, ¿de verdad puedes ayudarme con eso? —en el fondo sabía que no era posible; pero ¿qué valía más que su felicidad?
—Sé cómo remediarlo —dijo el anciano, y el cristal en Henry caló más profundo en su corazón—. Pero necesitaremos tiempo, y un bajo perfil —abrió la maleta, y Henry analizó el radiante martillo celeste que había dentro «¿cómo eso podrá ayudarme?».
Capitulo IV
“Taumaturgia”, así llamó Johannes lo que hacía al martillar con esmero los engranajes de grafeno dispuestos en el techo, chispas violeta se desprendían a la vez que el sudor del anciano caía. Henry miraba absorto cómo con solo golpear los componentes, sus excelentes propiedades se podían incrementar, observaba eufórico aquella “magia”, porque supo con certeza que realmente podía volver a estar con su esposa e hija, y que Johannes podía volver a ver los Laboratorios Prometheus en pleno auge e impedir su disolución.
—Fue un rotundo acierto aceptar tu ayuda —el viejo rio.
—Si no lo hacías —jadeaba— hubiera absorbido los electrones de tu cuerpo con mi martillo —Henry dudó si decir lo siguiente.
—No, hubieras muerto antes de completar nuestro tren a la vida. Además, ¿si quiera es posible?
—¡Ja! Antes no sabías hacer chistes sobre ancianos —Johannes contempló, durante unos segundos, la capsula que los llevaría de vuelta a sus vidas—. Muy pronto, lo lograremos.
—Así es —el anciano continuó golpeando los engranajes, cada vez sudaba más—. Pero aún falta taumatirgar el cilindro. Sé que ya lo pregunté; pero ¿de verdad…?
—He “taumatirgado” durante seis décadas en cosas de este estilo —desprendía una vanidad inmensurable—, sé muy bien que todo esto soportará los “giritos” a los que serán sometidos.
Henry redirigió su vista a los engranajes, nunca había estado tan feliz desde que perdió a su esposa e hija. Al fin había logrado algo de importancia después de décadas de arduo trabajo. Al fin logró estar un paso más cerca de su objetivo, así como Johannes lo estaba del suyo. Sin embargo, dudas atravesaron su mente «si existía algo como los Laboratorios Prometheus, ¿no habrá todo un sub-mundo paranormal?». «¿Habrán otras formas de poder estar con mi familia?». «No, ya he llegado hasta aquí, no hay vuelta atrás para mí».
Johannes martillaba, jadeando, las placas de nano-osmio y titanio de la Cápsula. Otra vez las chispas violeta se presenciaban. Según él, esto iba a incrementar su densidad una vez activase su “taumatirgazión”. Henry observaba, descansando, este acto; al fin habían terminado el primer generador de anti-materia basado en taumaturgia, y Johannes estaba muy cerca de adaptar por completo la Cápsula. Pronto, de una vez por todas, podrán activarla, podrán volver a sentir lo que se les fue arrebatado.
Para sorpresa de Henry, el anciano fue a su lado.
—Me duele todo el cuerpo… —parecía que acezaba cada segundo. Estaba más arrugado que antes—. ¿Por qué me miras como un canino tímido?
—¿Por qué ahora estás más demacrado?
—¡Ja!, “demacrado” —el anciano bebió un vaso completo de agua—. La taumaturgia, una vez active las mejoras volveré a la normalidad —dejó el vaso sobre la mesa plegable—. Solo queda una última cosa —fue al frente de una de las tantas placas metálicas. Sabía que esto era lo único que lo separaba del pasado—. Tú eres la elegida, pequeñita.
—¿Seguro que tu pegamento lo resistirá?
—Lo diseñamos específicamente para el gobierno de los Estados Unidos, por supuesto que va a aguantar tus “fuercitas de repulsión” —martilló desenfrenado la placa, su cuerpo temblaba y no paraba de jadear a la vez que había más polvo en el aire alejándose del metal. Henry, con cada martillazo, sentía cómo su cuerpo era empujado hacia atrás; mas no podía dejar de admirar como la placa comenzó a repeler cada cosa a su alrededor. Un golpe hizo eco en todo el sótano y Johannes cayó al suelo unos centímetros más allá de la placa, sin soltar su preciado martillo brillante.
Aquel pedazo del constructo se veía igual que antes, pero Henry sabía que ahora hacía algo distinto; le costaba mantenerse de pie cerca de él. Sus ojos estaban ansiosos de soltar lagrimas.
—¡Sí! —Johannes estaba eufórico— Lo conseguimos.
Nueve meses de duro trabajo les había tomado crear la primera máquina del tiempo: modificaron todos sus componentes, los adaptaron para resistir lo imposible de resistir. Desde la estructura del cilindro, hasta desarrollar el primer generador basado en anti-materia. Henry no creía lo que estaban a punto de hacer, y compartía en silencio toda la alegría de Johannes.
—Lo hemos logrado —dio media vuelta, en dirección al controlador, y colocó su mano en la palanca.
—Al fin regresaremos a nuestras vidas —Johannes, envuelto en sudor, guardó su más grande recuerdo del pasado, su martillo, en la maleta.
Henry comenzó a levantar lentamente la palanca. El medidor de energía ascendía junto a esta, mientras que los engranajes giraban cada segundo más y más rápido. Johannes chasqueó los dedos, ambos admiraron cómo la máquina hundió el suelo sobre el que estaba y sus alrededores en un segundo. Múltiples instrumentos tocaban una desastrosa melodía de la vida; pero sus directores creían que era hermosa.
Capitulo V
—¡Señor!, detectamos actividad gravitacional inusual en Florida.
—Envíe un equipo de evaluación y de ataque, ¡Ya!
El medidor de energía llegó hasta “2024”. Henry, sin soltar la palanca, se colocó unos auriculares aislantes, Johannes hizo lo mismo. Los engranajes succionaban todo el polvo a su alrededor.
El medidor avanzaba: “2023”, “2022”, “2021”, “2020”, nada lo detenía y Henry sentía una fuerza cada segundo más potente tirarlo hasta los engranajes. Miró el pequeño cuadro de su hija y esposa, recuperaba fuerzas con cada doloroso milímetro que el cristal escocía en su interior al recorrerlo.
—Pronto —lagrimas caminaban en su rostro— volveré con ustedes —el medidor aumentaba con el avance de los minutos: “1999”, “1998”, “1997”, “1996”.
—Así regresaré —se afirmaba en una baranda—, a mi vida —sus lagrimas se desprendían en dirección a los engranajes; pero caían sobre el cilindro, sin alcanzar el cielo. “1995”, “1994”, “1993”, “1992”.
Seis minutos de puro logro y marchita alegría pasaron cuando el medidor indicaba el año “1981”. Un minuto, dos minutos; ya estaba muy cerca del objetivo.
—¡Apague esa cosa! —gritaron desde la entrada del sótano, Henry volteó, creyó escuchar susurros de su esposa. No paraban de entrar soldados. «¿Cómo?». Uno de los soldados apuntó con un lanza misiles al enorme generador. Henry no podía soltar la palanca, no podía evitar perderlos de nuevo y Johannes, viendo como todo lo iba a perder por segunda vez, decidió no repetir su error del pasado; mas lo hizo.
—¡No me lo arrebatarán! —gritó Johannes. El agente disparó, pero el anciano se interpuso. Los lentes de Henry se empañaron de su sangre.
“1980”, Henry presionó la palanca con todas sus fuerzas y la soltó, corrió hasta la máquina aferrándose a la baranda, sintiendo como en cualquier momento esta podría volar hasta los engranajes. No escuchaba nada más que el rotar de estos últimos, pero veía como balas pasaban al frente suyo y eran arrastradas al techo, cada vez con más potencia. Entró, presionó el botón, y la compuerta se hermetizó.
Todos en el sótano ignoraban el incesante rugir del generador al sentirse arrastrados hasta los engranajes, al igual que obviaban la prominente deformación de una de las placas. Les costaba mantener sus armas en mano e incluso quedarse de pie; un agente apuntaba con ayuda de sus compañeros contra el generador de antimateria. Pero el eje transmisor se acopló en la cápsula; ambos giraban atrayendo todo a su alrededor, con más fuerza cada segundo. “Clic”, a pesar de que parecía que la cápsula no iba a aumentar más su velocidad, el misil fue arrastrado hasta esta y comenzó a girar a su alrededor.
—¡Retirada! —algunos agentes eran arrastrados a un final más que desastroso, mientras que los demás corrían hasta las escaleras.
Henry se sentó mareado. Sentía una considerable fracción de la fuerza tirarlo hasta el centro del Cilindro; pero se aferraba a su cinturón de seguridad. Poco a poco, todo se oscurecía, solo podía pensar en su familia y… ¿en Johannes?, la sangre en su lente le impedía olvidar al único que lo comprendía y que en tanto tiempo fue la compañía que tuvo «descansa en paz, amigo». El cristal se hizo más grande, y calaba conforme pensaba que muy pronto vería a su esposa e hija, hasta que perdió el conocimiento.
—Papá —«¿Sophie?»—, ¿qué es esta cosa? —despertó, se quitó el cinturón y cayó al suelo, se arrastró hasta la palanca de apertura y la subió levantándose mientras rompía en llanto.
—¡Hija! —alguien le arrastró fuera y le derribó, sentía que su brazo iba a romperse— ¿Qué mierda? —fue sometido con una llave. Le extirparon brutalmente el cristal en su corazón, sentía como se desangraba por dentro.
—Doctor Henry Wilson —dijo una mujer ojerosa. Su voz la delató: ella intentó detenerlo—, queda bajo la potestad de la Coalición Oculta Global por mal uso de taumaturgia.
—Pero —sollozaba— ¿qué salió mal?
—Tenemos mucho de lo que hablar, Doctor —le miraba con condescendencia.








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