Jakuwoski

Tras encender un cigarrillo y aspirar profundamente Marw preguntó:

Oye Dowell, ¿te he contado alguna vez que tuve mi propia agencia de investigaciones? ¿En serio que no? Fue cuando recién comenzaba mi carrera y era mucho más joven y cándido de lo que soy ahora.

Quizás llamarlo agencia sea un poco presuntuoso pero tuve un despacho y una secretaria, como todo investigador privado que se precie como tal. Era una oficina poco iluminada y mal ventilada, con un escritorio, una máquina de escribir, un teléfono, un par de sillas y un pequeño sofá además de un archivero. Aunque no tenía una gran ubicación no fue un mal trato, me la arrendaron por poco dinero y ya venía amoblada. No es que fueran muebles de gran calidad, se notaba que venían de liquidaciones y rebajas pero como estaba recién empezando no me podía quejar.

¿Qué cómo le arrendaron a un gato? Fácil, vi un anuncio en el periódico, llamé por teléfono y le envié el cheque por correo al propietario, por un mes más la garantía, tras lo que me dejaron las llaves en la recepción, confiaba en que las cosas iban a ir bien de ahí en adelante.

Al principio no llegaban clientes. Cada cierto tiempo escuchaba pasos aproximándose a mi puerta, pero estos siempre pasaban de largo en dirección a las otras oficinas del piso. Tenía una oficina con una flamante placa en la puerta anunciando mis servicios pero algo faltaba, siendo tan sólo después de unos días que comprendí cual era el problema: No tenía una secretaria. ¿Cómo iba a funcionar mi oficina sin una eficiente asistente?

Por eso hice lo que todo investigador privado que se precie como tal debe hacer: poner un anuncio en un periódico.

Se busca a mujer responsable y comprometida para labores de secretaria en oficina de investigación privada. Personas interesadas llamar al teléfono…

La primera candidata que llegó fue una señora bajita y más bien gorda, de unos 60 años de edad. Entró a la oficina y apenas me vio dijo que en ninguna parte del aviso se explicitaba que debía además cuidar a una mascota. Cuando le expliqué que yo no era una mascota y que de hecho sería su jefe salió dando gritos de horror, llamando a una tal Virgen de Lourdes.

La segunda candidata era una mujer de unos 40 años, sobriamente vestida y bastante seria. Cuando le hablé me insultó, o más bien insultó a quien pensaba que estaba detrás de mí, dijo que no se iba a prestar para una broma de la Cámara Escondida y que debían por lo menos pagarle el taxi. Cuando ofrecí a hacerlo se fue dando un portazo.

¿Qué no has visto la Cámara Escondida? Yo tampoco, pero creo que es un programa donde hacen bromas a incautos y los graban en vídeo, explicándoles al final que fueron parte de una humorada.

La tercera candidata fue incluso más irrespetuosa. Al escucharme hablar dijo “Oh, una marioneta, que genial” y empezó a toquetearme, buscando hilos ocultos o algo así y al no encontrarlos comentó que yo debía ser un robot animado. En ese momento ya estaba irritado, le dije siseando que por favor se fuera y ella lo hizo sin dejar de sonreír ni de mover la cabeza.

No, no era una buena candidata, no podía trabajar con alguien que no me tomaba en serio.

Pasaron varios días sin recibir a nuevas interesadas y ya estaba perdiendo la esperanza de encontrar a una secretaria apropiada cuando llegó Carolyn. Una hermosa mujer de piel pálida y con largo cabello oscuro, de unos 25 o 30 años, con ascendencia mediterránea o céltica. Algo me ocurrió en ese momento, me quedé sin palabras, ella al verme se limito a sonreír y a presentarse. —No te equivoques Dowell, no era una femme fatal— Cuando reaccioné y le contesté ella no se inquietó ni se burló, me respondió con naturalidad diciendo que iba a ser un placer trabajar conmigo.

Su presencia mejoró de inmediato el ambiente en la oficina. Llegaba antes que yo y siempre tenía una taza de café recién hecho para ella y un platito de leche tibia para mí. La oficina estaba limpia y ventilada e incluso trajo unas plantas para decorar. Con su llegada también comenzó también a llegar el trabajo. Primero eran casos pequeños, de animales y personas perdidas, de búsqueda de objetos valiosos extraviados y de seguimiento a personas, pero trabajo es trabajo.

Fue ella quien tuvo la idea de ser la cara visible de nuestra sociedad, era mucho más fácil para la mayoría de los clientes tratar con una mujer que con un gato parlante. Al principio me ofendió su sugerencia pero con el tiempo comprendí que tenía razón.

Fueron pasando los días, las semanas y los meses y poco a poco prosperamos. Cada mañana nos reuníamos a primera hora a compartir una taza de café y a planificar el día y mientras ella se quedaba atendiendo el teléfono y haciendo trabajo administrativo, yo iba a las calles a hacer el seguimiento del caso que nos ocupaba en ese momento. Cada viernes nos despedíamos y deseábamos un buen fin de semana y cada lunes retomábamos esa feliz rutina.

¿Sabes algo, Dowell? Fue poco lo que llegué a conocer de su vida personal, desde el principio establecimos un acuerdo tácito de no preguntar acerca de nuestros pasados, nuestra relación laboral funcionaba y eso era lo que importaba.

Fue una fría mañana de día miércoles que estando en nuestra reunión matutina escuchamos ruidos de múltiples pasos aproximándose a la oficina, rompiendo la habitual tranquilidad de nuestro edificio. Carolyn palideció y tras poner el seguro en la puerta me obligo a esconderme en el interior del archivero, diciéndome que viera lo que viera no saliera de ese lugar.

Pocos segundos después rompieron la puerta y unos tipos con vestimenta de combate y pasamontañas ingresaron a la oficina. Carolyn comenzó a cantar dulcemente en una lengua que no conozco y las plantas decorativas que teníamos empezaron a crecer rápidamente, empujando con sus ramas a dos de esos tipos e inmovilizándolos contra un muro. Siguió con su canción y llegaron desde el exterior una gran cantidad de polillas que envolvieron a nuestros atacantes. Pero eso no fue suficiente. Uno de los matones logró dispersar las polillas a su alrededor y fue hacia donde estaba Carolyn, golpeándola en la sien con la culata de su pistola, dejándola inconsciente. Luego la esposaron y se la llevaron a rastras.

Tuve que esperar hasta la noche para salir de la oficina por la ventana del baño, tras lo cuál abandoné la ciudad.

No volví a verla.– Concluyó Marw mientras apagaba su cigarrillo en un cenicero, con la mirada perdida en sus recuerdos.

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