Si ves esto, gracias por ayudarme e interesarte por lo que estoy haciendo. También, perdiste El Juego.
Las doce me dieron la una, las dos, y nos dieron las tres, siendo la merienda sobre las seis, y el tiempo fue gastado en un par de pastas y dos cafés en una pequeña sala muy, muy fría, adornada con luces cálidas y casi de mala calidad, con símbolos de Cristo en alguna que otra pared, rindiéndole culto. La sala se encontraba dentro del convento al que casi parece que me arrastraron. Ya había conseguido el título de Pastor después de tantos años de estudio, y por un momento, pude suspirar tranquila.
La bienvenida empezó siendo tensa por parte del cura, y por parte del Jefe del Distrito, pero el hielo se fue rompiendo con cada sorbo y cada mordisco, y así terminó todo con un apretón de manos y casi una persuasión para montarme en el coche de dicho cura para llegar a mi destino: mi nuevo hogar. La otra Pastora ya me estaba esperando, y ya habíamos estado en contacto durante dos o tres días, desde el primer aviso de mi nuevo puesto de vocación.
—Te puedo llevar en coche. —Saltó el cura, levantándose de su asiento, mientras agitaba algo nerviosa mis brazos para responder que no hacía falta. —No te preocupes, tengo que ir por el mismo camino de todas maneras. No pensarás cargar con la maleta, ¿no?
—Ah, pues…
Me giré para mirar a la maleta y la miré durante unos largos segundos. La verdad es que sí, pero no había caído en que iba a ser una tortura llevarla por las calles.
Casi sin una despedida, toda reunión finalizó. Volví a estrechar la mano del Jefe de Distrito, y con un revoltijo de nervios en mi estómago, abandoné la sala junto al cura, y me dispuse a caminar por los patios interiores que albergaba el convento. El pensamiento constante y casi agonizante de haber dejado una buena impresión me acortó el trayecto hacia el vehículo, donde me miraba de manera casi impaciente.
Una vez subí la maleta y forcejeé con el cinturón en el asiento del copiloto, nos pusimos en marcha durante veinte incómodos minutos.
— Sam, ¿no? Hace mucho frío, cada vez las temperaturas bajan más. Y los veranos son más calurosos, ¿no crees? —Dijo el cura, en un intento de sacar conversación.
—Sí, qué raro.
—¿Cómo es por… Allí? —Me preguntó de manera extraña, a lo cual fruncí el ceño en confusión, pensando a qué se refería. —Digo, no eres de aquí, ¿no? Se nota en el acento. Muy bonito. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Silencio.
—¿Tanto se me nota? —Me giré a mirarlo, ladeando la cabeza. Por la manera en la que se rio casi asustado, pensé que lo dije de manera demasiado arisca. —O sea, digo, porque nunca me lo han dicho. Sí, nací en Irlanda, pero he vivido en España casi toda mi infancia, pero me mudé a Estados Unidos…
—Sí, se nota un poco tu acento, pero no mucho. —Mintió, mirando fijamente a la carretera.
—Sí, bueno…
Silencio.
Parte de mí agradeció que la charla trivial cesase por completo después de la metedura de pata mutua, hasta llegar casi a la puerta de un gran apartamento. Despidiéndome con desgana y bajando la maleta, me acerqué a la puerta. Así, repitiendo una y otra vez casi por compulsión en mi cabeza el número del piso, timbré.
—¿Sí?
—Soy Sam…
—… ¿Quién?
—Soy la Pastor. Pastora. Pastor.
—…
—…
Inmediatamente me dispuse a empujar la puerta con el pie, arrastrando la maleta detrás de mí de manera ridícula para entrar en el portal. El edificio era algo pequeño y bastante dejado, pero me tranquilicé pensando que si de momento seguía en pie, era por algo, así que con un suspiro, me adentré al ascensor, sentándome encima de la pequeña maleta para hacer un poco de espacio.
[…]
La puerta de la casa ya estaba abierta, y a simple vista la casa parecía vacía por culpa de la poca iluminación. Una vez decidí meterme silenciosamente, di un rápido vistazo, así dándome cuenta de que era bastante más pequeña de lo que me imaginaba: con una simple primera vista ya podías ubicar todas las habitaciones de la casa.
No oía movimiento por ningún lugar de la casa, pero tampoco me salía la voz para preguntar si había alguien, algo debería haber aprendido de las películas de miedo, pensé, así que simplemente me adentré al pequeño salón después de haber dejado mis zapatos en la puerta de la casa, al lado de otros tres pares que había tirados. El salón tenía un sofá de cuero oscuro, y lo que asumí que era una mesa en frente de este, recubierta de papeles y de libros, doblados y desordenados, igual de usados que la pequeña televisión en frente de dicha mesa.
Me giré rápidamente al oír una puerta cerrarse, pero no pude ver a nadie todavía, solo pude percatarme que el salón daba directamente a la cocina, a la isla de esta, acompañado por la acumulación de platos y vasos. Arrugué el labio inconscientemente por el olor a comida que desprendía todo. A comida y a tabaco.
Casi como si lo hubiese llamado, el olor a tabaco se manifestó frente a mí como una mujer de no más de treinta años, con ojeras y los ojos un poco más claros que yo. Sus labios estaban tintados de rojo ya casi desaparecido, con el pelo rubio oscuro y ropa monótona y casual más similar a un chándal deportivo que a un pijama. Y fue ahí cuando nos quedamos mirando durante unos agonizantes segundos.
—Perdona, me he metido sin preguntar… Soy Sam, un gusto, ya estuvimos hablando hace unos días por chat. —Me apresuré, dejando la maleta en el suelo y yendo a estrechar su mano. Tardó un segundo en corresponderme, y su expresión seria no variaba.
—Siento el desorden, puedes llamarme Anne. El gusto es mío.—Respondió con calma, mirando a mi maleta por unos segundos. —Ven, te enseño tu habitación.
Girando la esquina por donde vino, abrió la puerta y me hizo paso hacia lo que era un cuarto de invitados. Me asomé por la ventana para ver las vistas, algo decepcionada al ver la carretera por la que vine, e iluminaba más que la bombilla naranja que había puesta. Se notaba que el cuarto se utilizaba más como un pequeño almacén con la posibilidad de ser un cuarto de invitados que una habitación más de la casa.
—Mañana te ayudo a limpiarlo. —Dijo, suspirando ante el desorden de la habitación, claramente avergonzada por el desastre. —La calefacción no funciona. En mi cuarto hay un par de mantas de lana por si te hacen falta.
—Sí, muchas gracias. Por la limpieza no te preocupes, ya lo ordeno yo a mi gusto, tranquila. —Sonreí educadamente, dejando la maleta detrás de la puerta.
Hubo un silencio incómodo de un par de segundos donde no pude ver lo que estaba haciendo, y tampoco me atrevía a girarme. La notaba detrás de mí y eso hacía que se me hundiese el estómago.
Disimulé mirando alrededor del cuarto, para mirarla de reojo, viendo cómo miraba algo rápidamente en su teléfono móvil.
—… Es pronto. ¿Quieres ir a tomar algo?— Me ofreció, frotando sus ojos con una pequeña mueca de molestia, sin saber si iba dirigida a mí o al simple hecho de existir.
—Claro, me visto y… Y eso. Me visto y te espero.
—Sí, dame tiempo también, tengo que maquillarme. —La sonrisa no le llegó a los ojos.
[…]
El sol no nos acompañó mientras buscábamos un restaurante barato, yéndose una vez encontramos un hueco para dos en un restaurante. Yo tiritando del frío, y ella aprovechando la caminata de lugar a lugar para continuar fumando. No entablamos mucha conversación en el camino más que un breve intercambio de palabras de que ambas queríamos comer caliente.
A punto de darnos la vuelta, encontramos un pequeño restaurante con acceso a una pequeña terraza. Anne la miró en silencio varias veces, para después mirarme de reojo un par más hasta que decidió abrir la puerta, dejándome pasar. Una vez sentadas en el callado local, ordenamos la comida y la comimos. Ella terminó muchísimo antes que yo, y yo me atraganté varias veces intentando alcanzarla el ritmo.
—Oye, bastante bueno. Un poco seco, pero ni tan mal. ¿Qué tal lo tuyo?—Pregunté, dando el último trago de agua del vaso.
—No sé qué decirte. Comestible, supongo. A la próxima reservamos en algún lugar.
—Sí, sería mejor idea… Nos pilló de improvisto… Y eso.
Podía oír desde la cocina a la familia que dirigía el restaurante hablar.
—Y… ¿El trabajo? ¿Qué tal? ¿Difícil? —Intenté romper el hielo, además de ganar más información sobre a lo que me enfrentaba.
Levantó la mirada del plato casi vacío, con una expresión ilegible.
—Buscando cómo de difícil es un trabajo no te va a ayudar a la larga.
—Sí, lo sé, yo no…
—No te preocupes, te entiendo. Sí, supongo, te acostumbras. Sé que eso era lo que necesitabas oír.
Podía oír los platos de las otras dos mesas que había ocupadas.
Quiero irme ya de aquí.
—… Este no es un trabajo común y corriente. No estás dando catequesis a los niños, no eres un monaguillo, no estás en un voluntariado, y no estás dentro de un convento. No puedes comparar la dificultad de este oficio con aquellos que se rigen solo bajo vocación.
—No, no vengo por dinero ni por sentirme bien conmigo misma. No es un trabajo cualquiera, es… Es casi un llamado… Es lo que siempre tuve que hacer. ¿Sabes? Está dentro de mí. —Interrumpí, corrigiendo, de manera algo arisca, aunque no fuese mi intención.
—Eso espero, porque… Vas a ver cosas muy buenas, vas a entender el verdadero significado de ser Hija de nuestro Padre, y cosas muy, muy malas. Muy malas.
Los ojos de Anne divagaron por el local por unos segundos, perdidos, intentando buscar las palabras correctas para poder explicármelo, y el secretismo suficiente para que la gente no hurgase en su herida mientras la enseñaba.
—… Vas a ver bestias que sólo Él puede ponerles un nombre, y… Te cuestionas el porqué de esta llamada,—imitó unas comillas, haciendo referencia a lo que dije antes. — porque, uno no entra aquí simplemente por tener un título universitario y poco más, me imagino que lo sabes, ¿no?
—Claro. No, no vengo tampoco por estudios. No vengo por dinero. —Miré su plato. Podríamos llevarnos la comida. Después la miré a ella. No me miraba, a diferencia de las otras personas. Nuestro tono subía a medida que pasaba el tiempo, y ya habíamos empezado a llamar la atención del resto.
—Entonces el Todopoderoso te quiso aquí. Es lo más cerca que vas a estar de poder agarrarle de la mano, más que cualquier otra actividad mundana que el resto del mundo te ofrece.
—Le quitas peso a otros trabajos. Misioneros, monjas… No me parece humilde. Si hay gente que esté más cerca de agarrarle de la mano, serán ellos. —Murmuré, rodando los ojos. La mirada de Anne se retorció, y sus labios rojos mostraron una mueca de desagrado.
—… No es un trabajo fácil, lo vas a entender, sé de lo que hablo—Contestó casi de mala gana a mí debate. —Mi antiguo compañero dimitió, mucha gente no aguanta aquí, mucha gente parece darse cuenta que… La religión no es lo suyo. Y a veces pasa.
Asentí suavemente. Por un momento suspiré, pensando que el último comentario parecía algún tipo de indirecta.
El ambiente estaba casi húmedo, pesado, se atragantaba en mi garganta, y el latir de mi corazón fue lo que me hizo mirar a mis alrededores, viendo cómo las personas volvían a mirar a su propia mesa una vez siendo descubiertas husmeando.
—Tienes que creer que vives un rezo cumplido. —Anne volvió a entablar conversación, con un tono mucho más cansado, en un intento de volver a calmar el ambiente. Lo tomé como su manera de disculparse, asintiendo una vez más para indicar que la escuchaba. —El rezo de salvación de alguien más, de Paz, o incluso un rezo propio. Es un privilegio haber llegado tan lejos, quiero que lo sepas. Esto es más que dinero, es más que amor, Dios nos ha dado la oportunidad y el privilegio de jugar con Él, como Él, y tenemos que ser los mejores. No solo por serlo, sino porque tenemos que hacerlo, es nuestro trabajo. ¿Se entiende?
No mucho, pensé, y creo que lo pudo ver en mi mirada. Supongo que esto lo aprendería con la marcha, a las buenas o a las malas.
—Tú hazme caso y acabarás bien. Si no he muerto todavía, algo estaré haciendo bien. —Y, por primera vez, la vi una pequeña sonrisa picaresca, y se la correspondí.
Una vez se terminó la conversación, hizo el amago de levantarse y la seguí. Poniendo una mano en frente mía, miró hacia el fondo del restaurante y empezó a caminar. Sin entender el gesto, la seguí justo detrás, y ahí fue cuando pagó por la comida de ambas. El resto del camino a casa fue una riña por mi parte por haberlo hecho, asegurando que no hacía falta, mientras ella empezaba y terminaba un cigarro en el recorrido de vuelta, haciendo como que me ignoraba por completo.
Así, las ocho nos dieron las nueve, y a las diez nos encontrábamos en casa, mirando el primer programa de telebasura que encontramos en los canales mientras nos preparábamos para ir cada una a su cuarto: una baraja de Tarot que afirmaba leer verdaderamente el futuro. No el propietario, sino la baraja en sí.
En ella, se podía ver a una mujer enseñando cómo los dibujos de las cartas aparecen y desaparecen en respuesta a preguntas, mientras nos explicaba su significado.
Anne entrecerró los ojos confusa, y me dirigió la mirada.
— ¿No es un poco raro?—Cuestioné.
— Sí… No lo sé. Voy a hacer una llamada, espera un segundo. Procura no acostarte tarde, me temo que mañana tendremos que madrugar. (Clickeable, redirección al offset)








No edites los borradores de otros escritores sin su permiso.

