The Helmet
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NOMBRE: Andrey Stidav

MENSAJE PARA EL AGENTE MEDINA

Agente Medina, tras una ardua investigación de los documentos que me enviaste, llegué a la conclusión que tenemos un culpable de todo este caso. El hombre detrás de que en el Monumental hayan espíritus que no pueden descansar.

Su nombre es…

Mi nombre es Daniel Jorge Lozano, pero me dicen "cabezón". Soy padre de mi querida hija, Micaela. Tenía una esposa, María, pero falleció en el parto lastimosamente.

Mi hija era hincha de Estudiantes de La Plata, como su madre y yo. Me aseguré lo mejor que pude de que esto fuera así. Ella era una estudiante muy aplicada, siempre sacaba dieces. Siempre me pedía que le regalara un chocolate o dos cada vez que salía del colegio como premio por sus notas. Podría ser una niña, pero no era ninguna boluda.

Yo con Micaela mirábamos todos los partidos juntos, siempre traté de contener mis insultos cuando un jugador no rendía al cien porciento. Una vez salimos campeones y le regalé una camiseta de Estudiantes, le quedaba muy bien. Ese día ella se volvió loca y no paraba de abrazarme, me di cuenta de que había criado otra hincha.

Su comida favorita eran los ravioles que yo preparaba, debo admitir que mis habilidades de cocinar eran más malas que las de una rata ciega y enferma, pero hacía lo que se podía.

Pasó un tiempo, y mi hija ya no era una chiquilla así que decidí llevarla a la cancha. Estudiantes estaba en una semifinal por la Copa Libertadores. Me acuerdo bien el año, era 1970. Ya por ese entonces tenía cuarenta y ella tenía unos… ¿Trece? ¿Catorce? Ya me olvidé.

Yo trabajaba en el Monumental. Chistoso, ¿no? Un hincha de Estudiantes trabajando para River Plate. Era conserje, no ganaba cien mil pesos pero algo era algo, mejor eso antes que morirse de hambre.

Trabajé y ahorré por unos cuatro meses para conseguir los boletos, era todo perfecto. Mi hija por fin podría ver a jugar a su equipo favorito en vivo y en directo, imaginarme su sonrisa era todo lo que necesitaba para seguir adelante.

Tras darle la noticia a mi hija, la mañana siguiente fui a trabajar. Estuve ocupado limpiando el baño, alguien había vomitado algún que otro pancho. Estaba muy cansado de esas situaciones, yo ya no daba más. Cuando salí del baño, mi supervisor me esperó para molestarme por mi cabeza el resto de mi turno como siempre lo hacía.

Hubiera hecho una queja a algún superior, pero sé muy bien que ni bien abriera la boca me iban a echar a la calle como una bolsa de basura y tampoco es que estaban regalando trabajos a la vuelta de la esquina.

Regresando a mi casa me había encontrado con un pobre señor en la calle, estaba rogando por unas monedas. Estaba mal peinado, su ropa estaba rota y tenía olor a banana podrida en el tercer mes. Por lástima le regalé cinco pesos.

Una noche a unos tres días del partido, algo me hizo recordar que la vida a veces te llega a pasar una mala jugada. Estábamos cenando, había preparado unos fideos con tuco(receta de mi abuela). Hasta que ella empezó a toser demasiado, le ofrecí agua, pero ella solo pudo toser y toser. Me asusté muchísimo, la llevé corriendo al hospital.

Esperé durante cuatro horas en la sala de espera, sentado al lado mío había un señor que le faltaba un ojo. Charlamos un rato y le conté mi situación, a pura coincidencia, el también había llevado a su hijo, pero por dolores de oído.

Él me contaba de que había perdido su ojo en un accidente mientras trabajaba en una construcción, pero que logró salir adelante y que ahora era profesor de una escuela técnica. Yo le conté lo de mi mujer, que trabajaba en una biblioteca y que iba a llevar a mi hija a la cancha.

Nos hicimos buenos amigos, pero no era un buen tiempo para eso. Los doctores entraron a la sala de espera y me dieron la peor noticia que jamás escuché.

—Tengo la desgracia de avisarle que su hija tiene una enfermedad terminal. — Dijo el doctor. Mi expresión cambió inmediatamente. Me paré de mi asiento y me acerqué al doctor.

—¿Cómo que terminal? ¿Cómo si ella estaba en perfecto estado de salud? —Me alteré, sujetando los hombros del doctor fuertemente.

—Es una enfermedad muy poco común, se incuba en el paciente durante 4 años y cuando empieza a dar síntomas, es muy tarde para un tratamiento. Ella no pasará del sábado.

—No, no, no. —Solté al doctor y me arrodillé, mirando al techo. Quebré en llanto, no podía creer que después de tantos años de felicidad, la vida me volvía a dar un bofetón. Le había prometido a mi mujer que cuidaría bien de Micaela, estaba agobiado por la noticia.

Esperé otras tres horas, llorando desconsoladamente. Finalmente me dejaron visitarla, me dijeron que me la podía llevar a casa para pasar sus últimos días conmigo. La recosté en el auto y la llevé, durante el viaje no paraba de toser, lagrimas caían de mis ojos como una cascada. Al llegar a mi casa, la recosté en su cama y subí mi televisión a su pieza. A ella le encantaban las novelas, así que puse eso.

A la mañana siguiente, fui al trabajo para avisar sobre mi situación. Le pedí a mi suegra que cuide de Micaela durante todo el tiempo que estuviera afuera de la casa. Fui con mi supervisor y le expliqué todo lo sucedido.

—Verá, señor Rodríguez, mi hija está en un estado grave de salud y tiene los días contados. ¿Podría permitirme faltar al trabajo durante un tiempo?

—¡Por supuesto Lozano! —Mi supervisor sonrío.— Pero, no pierda la cabeza por esta situación. —El hijo de tres mil putas se estaba riendo de mí en ese momento. Me había entrado una rabia inmensa, no lo podía creer.

El señor Rodríguez no paraba de reír, fui corriendo hacía él y lo golpeé en la nariz. Él llamo rápidamente a seguridad y me sacaron del Estadio con una suspensión de cinco meses. Intenté explicarles lo sucedido pero no me creyeron.

Al regresar a mi casa, subí a la habitación de Mica y me senté al lado de su cama. Ella estaba viendo una novela que trataba de una pareja que no podía estar juntos por una rivalidad entre familias.

—Tranquila mi hija preciosa, todo saldrá bien.

—Papá… —Tosió mi hija.— Creo que no podré ver el partido…

—No diga eso tesoro de mi vida…

—Si Estudiantes sale campeón… —Tosió otra vez.— Festéjalo no pienses en mí….

Me dijo, dos días antes del partido. Mi corazón se había quebrado no en dos, si no en cuatro piezas. Yo ya no podía más, la abracé lo más fuerte que pude. Ella tosió en mi camiseta, manchándola con sangre pero no me importó en lo más mínimo.

Ella se fue a dormir y yo me fui a un bar cercano. Empecé a beber mucho, hablé con el de la barra sobre todos los problemas de mi vida. El me miró con una cara de preocupación, pero me ofreció algo.

—Sabes cabezón… Yo conozco a un grupo de personas que podrían sanar a tu hija.

—¡¿Quienes, quienes?! — Le respondí yo.

—Hay una iglesia por Villa Crespo, son medio raros pero curaron al cuñado de mi prima.

Estaba desesperado, ya no tenía otra opción. Quizás si era verdad, podría salvar a mi querida hija. Le dejé el desayuno en la cama de mi hija el día del partido, y fui directo a la iglesia. Allí, habían tres curas que me esperaban en la entrada. Sonrieron y abrieron la puerta, yo me adentré y tomé asiento en una butaca.

Un cura con un sombrero gigante entró, tenía un símbolo que nunca había visto en su cuello. Se sentó al lado mío y me habló.

—Dígame, Lozano. ¿A que le debemos su visita?

—Padre, mi hija… Va a morir esta noche. Me dijeron que usted podría hacer algo… — Le dije, con un tono desanimado.

—Ah sí que podemos hacer algo… ¿Tiene algo que le pertenezca a su hija? ¿Un pelo o sangre quizás?

No me había cambiado desde el día anterior, así que aún conservaba la camiseta llena de sangre.

—Si padre, esta camiseta tiene su sangre. ¿Le servirá?

—Excelente, sígame Daniel.

El padre se levantó y se adentró en una habitación oscura. Yo le seguí, inseguro de que esto fuera a funcionar. Me pidió que me sacara la camiseta, le hice caso y se la entregué. No me daba confianza la forma en la que miraba, pero no estaba en posición de quejarme. Tomó la camiseta y empezó a fregarla por el suelo, empapándolo con un poco de sangre y sudor.

Se fue de un momento de la habitación y entró con velas en su mano. Las colocó cuidadosamente al rededor del charco. Estaba sudando demasiado, así que me sequé la frente con una servilleta que había traído en el bolsillo.

El cura prendió las velas con un fosforo, para después tirarlo a la camiseta y prenderla fuego. Yo lo miré confundido, el solo sonreía.

—¿Qué carajos haces? —Le pregunté al cura, enojado.

—¿Quieres salvar a tu hija o no? —Respondió. Yo me quedé callado y continué observando. Un humo rojo empezó a salir de la camiseta. Me asusté, pero el cura tomó mi mano.

—Daniel Lozano. ¿Qué estás dispuesto a hacer por tu hija? —Me preguntó.

—¡Todo, hasta mataría a nueve mil personas por ella!

—Bien, entonces. —Me pegó en la cara, sacándome un diente. Yo me tapé la cara y me agaché por el dolor, creo que me quejé por un buen rato. Él tomó el diente y lo lanzó a las llamas. Ardió durante tres minutos y el fuego murió de manera repentina. El cura me miró fijamente.

—Excelente, Daniel, excelente. Si todo ha salido bien, su hija ya se está recuperando en estos momentos. Eso si, para la próxima si es que vuelve a necesitarme… Tenga cuidado con lo que promete que haría.

Lo miré algo confundido, pero rápidamente me fui de la iglesia sin darle tanta importancia a su consejo. Llegué a mi casa, mi hija me estaba esperando en las escaleras al segundo piso sentada. Como si nunca hubiera estado enferma. Su boca estaba un poco ensangrentada, pero por lo demás se veía bien.

— ¡Hija, hija! ¡¿Qué pasó?! —Fui corriendo a abrazarla.

—— ¡Papá! ¡No me lo vas a creer. Me siento mejor! Eso sí, creo que tengo algo de hambre.

— ¿Qué quieres comer? Te hago lo que vos quieras, te hago lo que vos quieras… —Empecé a llorar, no podía creerlo. El ritual había funcionado, me dejó de importar el diente y la camiseta que había perdido. Mi hija preciosa estaba curada y era todo lo que contaba.

—Papá, por favor ya no llores, está todo bien. Creo que hoy podríamos comer fideos- Espera, ¿Dónde está tu remera?

—Eh… Se la regalé a un vagabundo. —Le mentí, no quería que supiera lo del ritual , me pareció demasiado oscuro para alguien de su edad. Mi hija sonrío, ambos entramos al comedor y prendimos la tele. Estaban jugando River Plate y Universidad de Deportes.

—¿No vamos a poder ir a la cancha? — Me preguntó mi hija.

—No, no llegamos con el tiempo. No pasa nada, otra vez será. Lo importante es que vos estás bien. Ahí te hago los fideos. —Me puse a cocinar mientras ella esperaba el partido de Estudiantes. Miró atentamente el partido con el afán de divertirse mientras yo le preparaba el almuerzo.

A los cuarenta del primer tiempo, al relator se lo notó extraño, ya que empezaba a contar que el estadio estaba temblando y que podía ser un sismo. De repente, desde el centro de la cancha, estalló algo y la transmisión se cortó. Mi hija gritó en shock, no podía creer lo que había pasado.

—¡Papá, papá! ¡Explotó algo durante el partido!

—¡Dios santo! —Grité yo, impactado. Cambié de canal a ver si algún noticiero estaba cubriendo lo que acababa de ocurrir. Pasaron las horas y la noticia salió hasta en el cereal, el Monumental había estallado y todos los que estaban allí habían muerto, no había quedado ni un sobreviviente. Yo no lo podía creer y mi hija menos. Ese mismo día habían anunciado que la Libertadores se suspendería hasta nuevo aviso.

Mi hija estaba entristecida, ella quería ver a su queridísimo equipo campeón. Yo también, pero ese amargo trago no era nada comparado con la inmensa felicidad que tenía de que mi hija estuviera bien.

—Hija, no importa el partido. Lo que importa es que ya te curaste, ya vendrán más Libertadores y todos esos torneos los veremos juntos. ¿Trato?

—Trato, pa.

Entonces en la televisión la reportera anunció los números oficiales de muertos, habían fallecido nueve mil personas. No había quedado ni un sobreviviente. ¿Podría ser? No, es una simple coincidencia. Esa mierda no pudo haber matado nueve mil personas. Y aunque ese fuera el caso, lo volvería a hacer.

Porque yo lo daría todo por mi pequeña pelotita.

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