Von Braun

-Cony, deja de hacer eso.

-Cony, por favor, estoy conduciendo.

-¡Cony, que no me puedo concentrar!

¡SKRIIIIIICH!

-¡Auch!

Cony tuvo que dejar de lamer la oreja de su novio al ser lanzada bruscamente hacia adelante. Por fortuna tenía puesto el cinturón de seguridad el cual evitó que estrellara su cabeza contra el parabrisas, aun así el tirón fue bastante fuerte.

-¿Lo viste? – Víctor le hizo esa pregunta mientras miraba en todas direcciones, con una expresión entre confundida y alarmada.

-Ver… ¿quee? – preguntó a su vez Cony, mientras se sobaba la cintura.

-¡Al tipo que atropellé!

-¡¡¿Atropellaste a alguien?!!

-¡No lo se! – Víctor se asomó por la ventanilla del auto y miró a los alrededores, incluso por encima del techo – ví una cosa… y la golpeé. Al menos eso creoo.

Cony también se alarmó, y se asomó a su vez por la ventanilla de su lado, observando allá delante la carretera, hasta fundirse con la noche, y a sus espaldas todo el camino recorrido, también en la oscuridad.

Eran una simple pareja de novios que atravesaban el desierto, de noche, y por la carretera más solitaria que jamás hubieran visto. Los faros del auto y la luz de la cabina creaban un pequeño oasis de luz. Fuera de el, oscuridad y silencio.

Víctor rebuscó en la guantera hasta que encontró una linterna, la encendió y bajo del vehículo.

-¿Qué haces?

-¡Busco debajo del auto! – Respondió, después de varios segundos, un suspiro de alivio

- Nada hay acá… por suerte.

-¿Ves? Seguramente no fue nada.

-…

-Vamos Víctor, entra.

-Buscaré en la carretera, espérame aquí.

-¡¿Que?!

-¡Quédate en el auto, no tardaré mucho!

-¡Víctor! – pero nada, su novio se adentro en la noche, y la dejo sola.

Solo quedaba esperar.

La oscuridad lo había devorado todo, incluso al desierto, nada quedaba, todo era un vacío hambriento y anhelante, un vacío que la devoraría a ella, que lo haría en cuanto la batería del vehículo se agotara, y la oscuridad era paciente, muy paciente…

Estaba despierta, en verdad estaba despierta… ¿Cuánto tiempo había pasado?, sentía que se había dormido, al menos por un instante, y aun con las telarañas del sueño en su mente se sentía inquieta, vagamente inquieta.

Todo seguía igual, ella, el vehículo, el charco de luz, el desierto y la noche. Y Víctor aun no aparecía. Se asomó por la ventanilla y miró en todas direcciones… Nada, nada ni nadie, no podía ver el rayo de luz oscilante que esperaba le señalase la posición de Víctor. Arriba en el cielo, la luna no estaba y la única luz provenía de las estrellas, que parecían incluso tímidas, mezquinando su luz. Abajo, en el desierto, todo era una oscura extensión que se prolongaba hasta el infinito, un uniforme color pardo que borroneaba las distancias y los puntos de referencia. El infinito opaco, la nada misma.

Empezó a temblar, pero no tenía motivos, ¿Verdad?, no tenia motivo alguno, ni siquiera por esa sensación de que si volvía a mirar afuera las estrellas desaparecerían y el cielo y el desierto se fundirían en uno solo, un abismo gris y pardo, una boca hambrienta que la devoraría…

Basta ya, se dijo, y empezó a buscar su celular, no para llamar a alguien y sentirse menos sola, claro, sino para saber la hora. Ella no llevaba reloj, nunca lo usaba, y después de unos momentos en que sus manos, más torpes que de costumbre, rebuscaron en su bolso, encontró el celular y lo encendió.

Sin batería, maldita sea.

Encendió la radio.

Nada, solo estática, se paseo por todas las frecuencias, y nada, el irritante sonido carrasposo de la estática. Apago la radio y se sentó, muy rígida, con las manos juntas y apretadas, las miraba, solo eso, las miraba para no tener que mirar afuera, hacia el desierto.

-¡¡AH!!

-¿Qué pasa linda? ¿Por qué gritas así?, ya nos vamos, no fue nada.

Ignorando por completo la cara de terror de su novia, Víctor encendió el motor y se puso en marcha, acelerando hasta llegar a más de 80. Mientras Cony esperaba que su corazón dejara de latir frenéticamente a causa del susto que le dio la brusca aparición de su novio, tuvo un nuevo motivo de preocupación al ver la velocidad casi demente a la que iban, una velocidad imprudente incluso en medio del desierto por la carretera mas solitaria que conociera en su vida.

-Y… ¿Qué era?

-Nada.

La aguja del velocímetro oscilaba en torno a los 100 kilómetros por hora, Víctor parecía sentir un raro placer al hacer rugir el motor, acelerando, desacelerando y volviendo a acelerar, forzando el motor al máximo, siendo que no se trataba precisamente de un auto de carreras. Era un comportamiento tan raro en el, generalmente un conductor prudente, que Cony le llamó la atención sobre eso.

-¿Cuál es el problema?, no hay nadie, ¿O temes que choquemos?

-No me gusta la velocidad…

-A mi si – le respondió

Le dedicó una sonrisa amplia, con todos los dientes, una sonrisa que tampoco era usual en el, para peor, la miraba a ella y no al camino.

-¿Cuál es el problema?, puedo mascar chicle y conducir al mismo tiempo – le contestó mientras la acariciaba.

Pronto sus caricias pasaron de su mejilla y su boca (prácticamente le masajeó los labios) a deslizarse por su nuca, una vez allí, empezó a empujar, a presionar de manera firme pero no brusca, a obligarla a inclinarse sobre el.

-Pensaba – le respondió ante la interrogante de su mirada – que podríamos cumplir esa fantasía “vergonzosa” de la que tanto hemos hablado.

-¿Qué fantasía?

-Chiiiisss… no hables y bájame la cremallera del pantalón… con los dientes.

“El cuerpo encontrado pertenecía a un hombre de 25 a 35 años, contextura delgada, cabello negro, un metro setenta y tres de estatura. Fue encontrado a unos metros de la carretera norte, en el kilómetro 86. Según los primeros peritajes, al cadáver le fueron cercenadas sus manos, además de que le fue arrancada toda la piel del rostro, al parecer con el fin de ocultar su identidad. La policía tiene dificultades para identificar al occiso, ya que además no se encontró ningún documento ni identificación entre sus ropas, pero se confía que con el estudio de las placa dentales…”

-Aburrido – murmuró Víctor, y apagó la radio.

-¿Hum?… ¿Qué decían las noticias?

-Nada importante.

Víctor empezó a recorrer suavemente la espalda desnuda de Cony, y esta se estremeció ante su contacto, más aun cuando su mano se deslizo hasta más abajo de donde la espalda perdía su nombre.

-Déjame, me duele la cabeza.

Era una escusa entupida, pero medio adormilada como estaba no se le ocurría nada mejor, salvo decirle la verdad: que no tenía ganas. No con ese nuevo “Víctor” que tenia por novio desde hace un par de días.

Había cambiado, lo había hecho de un modo que… de un modo indefinible. No, mentira, no había nada indefinible en su cambio, era simplemente otro Víctor, uno que sonreía demasiado, con todos sus dientes, uno que hablaba demasiado fuerte, que se reía fuerte, de cosas que no eran graciosas. Uno más arriesgado, más extrovertido, pero de modo desagradable, uno mas intenso.

Uno distinto.

No le apetecía hacer el amor, no de nuevo. Pero a Víctor si, y tomándola de la cintura la volteo boca arriba, y empezó a acariciar su vientre y a besarlo, empezando por su ombligo y bajando poco a poco.

-Te dije que no quiero nada – volvió a decirle, removiéndose inquieta, mas aún cuando las manos de el tomaron sus rodillas y las separaron.

Volvió a sentir sus labios, esta vez en los muslos… no, no en sus muslos, sino más arriba, justamente Ahí. Cony hallo algo repulsivo en el entusiasmo con el que se aplicaba a su parte más sensible. En otras circunstancias no se habría negado a tal cosa, al contrario, pero esas otras circunstancias incluían que el que le estuviera dando placer fuera Víctor, su Víctor de siempre, no aquella versión intensa y descuidada con la que no deseaba compartir el lecho.

Ella gimió, y se odió por eso, se odió por permitirse reaccionar físicamente a las caricias que el le daba.

-No quiero, te dije que… ¡AH! ¡Imbécil!

La había mordido. No muy fuerte pero lo suficiente como para causarle dolor. Ella se enfureció y empezó a golpearlo, a patearlo hasta que lo botó de la cama. Y el se reía, se reía a carcajadas, encontrando todo esto muy divertido.

-Me largo, me… me voy al baño, no me sigas.

Y caminó hacia el baño, mientras su novio seguía tirado en el suelo, riéndose como idiota.

(Idiota, imbécil)

El agua estaba fría y su cuerpo tembló bajo la ducha. Sin embargo no logro despertarse del todo, su mente seguía algo embotada por el sueño. Se sentía extraña, distante, débil incluso. Extrañamente débil, una languidez empezó a ganarla, un sopor, a pesar de lo helado del agua.

“Que curioso” – pensó por un breve segundo. Le pareció estar viendo la famosa escena de la ducha de Psicosis, película que, como suele ocurrir, no había visto nunca pero de la que conocía al dedillo aquella escena en particular, específicamente aquella toma: la de la sangre mezclada con el agua yéndose por el drenaje. Cierta vez vio una película – una muy mala por cierto – de terror chilena, donde en un (mal) intento se travestirse del talento del gran Hitchcock, se parodiaba, o se homenajeaba, aquella escena de la sangre en la tina yéndose por el desagüe.

Eso es lo que ella veía ahora: sangre, agua, y un remolino que se lo llevaba todo.

No tenia sentido.

Entonces comprendió.

No había dolor, ni el más mínimo.

Los ojos se le desorbitaron, y el sopor desapareció de golpe. ¿Sangre?, si, si era sangre, la suya. ¿Acaso le había llegado el periodo o…?

Se miró entonces, y un gemido salió de su boca, un chillido ahogado que no pudo pasar de su garganta. Allí, donde Víctor la había mordido, faltaba un pedazo. Un bocado bastante grande, y allí se podía ver la carne cruda, roja y húmeda, casi palpitante. Y sus muslos estaban cubiertos de sangre, un río rojo que se deslizaba hasta sus pies.

Y no dolía, no había dolor.

Quiso gritar, pero de su garganta no podía salir nada, estaba cerrada, no podía respirar, se ahogaba.

Quiso salir, resbaló y cayó arrastrando las cortinas y golpeándose contra el piso.

Boqueando, con el terror helándole la sangre, se arrastró por el piso sobre las manchas rojas que había dejado antes sin darse cuenta, manchas que iban de la puerta del baño a la tina. Se agarro con desesperación al lavamanos, e hizo un gran esfuerzo hasta levantarse sobre sus piernas, las cuales temblaban, de hecho ya casi no las sentía.

Tal vez, tal vez fue solo su imaginación, tal vez nunca ocurrió. Tal vez fue real, pero lo que ella oyó fue el golpe de una puerta cerrándose: la del departamento que compartía con su novio.

Tenia nauseas, la cabeza le daba vueltas, veía manchas sobre sus ojos, apenas podía mantenerse en pie, pero aun así alargó la mano hacia la manilla de la puerta.

Cerrada.

-¡AUXILIO! – y un golpe.

-¡Auxilio! – y otro golpe.

-¡Auxilio! – y los golpes y los gritos se sucedían, cada vez mas débiles los gritos y menos fuertes los golpes.

-Auxilio… - un murmullo apenas, un sollozo apagado después. Un golpe, uno muy débil.

Después, silencio.

FIN

En respuesta a esto, el 02/12/2021 un equipo compuesto por los agentes Mujica (D-1), Ordoñez (D-2) y Beksiński (D-3) fue enviado a explorar el área al lugar de los hechos. La transcripción de estos hechos se encuentra en el siguiente anexo.

Anexo ES-300-B:

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